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martes, 29 de julio de 2014

RÉQUIEM ANARQUISTA, por Jesús Navarrete Lezama.

Valentín Corona
La venganza de Jack Kerouac y otros cuentos marxistas para dormir sonámbulos
Editorial Ponciano Arriaga
(San Luis Potosi, 2010) 


"La realidad no es como se ve, sino como se siente, así como la sangre no es sangre hasta que corre como una historia larga, con significado", afirma el narrador en uno de los relatos de La venganza de Jack Kerouac y otros cuentos marxistas para dormir sonámbulos", libro con el que obtuvo el premio de literatura Manuel José Othón 2008.
La venganza de Jack Kerouac... constituye quizá uno de los últimos ecos de la narrativa que usa como telón de fondo o como escenario de sus historias, las luchas sociales que durante la segunda mitad del siglo xx se sucedieron en nuestro país y que de alguna manera vieron su fin -anticipado, si se toma en cuenta el levantamiento en Chiapas en 1994- al sofocarse la lucha guerrillera de los años setenta.
   ¿Qué fue de la descendencia de aquellos hombres que lucharon contra la opresión del capitalismo? Tal vez un poco de eso lo explique saber qué hace el hijo de un combatiente muerto de Lucio Cabañas encerrado en el sótano de su casa; qué pasa por la cabeza de un soldado cuando se percata de que ha dado muerte a su propio hermano mientras reprimía una manifestación ; cómo llega a su fin la historia de un supuesto sobrino de Valentín Campa, enamorado de una porrista y hasta dónde puede llegar la mente de un lavacoches que viaja, recostado sobre el sueño de una tarde de trabajo.
   El capitalismo puso al pasado en un montón de cajas, se perdió la fe en el hombre y se confió el destino de la humanidad a una docena de circuitos integrados, dice el autor, así ya nadie mueve un dedo como no sea sobre el teclado de una computadora o del control remoto o para presionar el NIP de la cuenta bancaria cuando se necesita efectivo. Las historias de los que lucharon no son sino viejos cuentos marxistas para dormir sonámbulos.
   No es gratuito que Valentín Corona use como fondo de algunos de los relatos el movimiento ferrocarrilero, después de todo la de Campa y Vallejo fue una de las luchas más unificadoras de la sociedad méxicana, pero también estuvo marcada por la derrota, una derrota que quizá heredó a los levantamientos sucesivos.
   Sin temor a equivocarnos podemos decir que La venganza de Jack Kerouac y otros cuentos marxistas para dormir sonámbulos lo mismo podría ser una especie de réquiem anarquista que una crítica acertada del vacío y el sometimiento de los hombres y mujeres de la época actual, de la vida en una sociedad que resalta valores cada vez más absurdos e inoperantes.
   La historia que narran sus páginas es la de los jóvenes que enfrentaron las últimas puertas que se creía podían derribarse a patadas y murieron en el intento, porque, en pocas palabras, como dice alguno de los personajes nunca les dijeron "quién es el verdadero hijo de la chingada en este juego de a ver quién pega más fuerte"  

(Reseña aparecida en la revista Los perros del alba #7, págs 112-113)

viernes, 16 de septiembre de 2011

LA NARRATIVA DE EDUARDO ANTONIO PARRA, VISTA A TRAVÉS DE UNA CORTINA DE HUMO



A partir del momento en que recibí la invitación para comentar la obra de Eduardo Antonio Parra, me dediqué a buscar todo el material posible. El primer libro que leí fue Tierra de nadie, a partir del cual, la tarea emprendida de leer toda la obra de este escritor, dejó de ser una encomienda para convertirse en una grata sorpresa. La experiencia comenzó.

Desde el primero de los relatos La piedra y el río una extraña cortina de humo comenzó a formarse a manera de atmósfera en las narraciones. “Su rostro fue chamuscado en años padecidos de sola sol, entre el aire seco y las nubes de polvo que oscurecen la ribera...” Tales son las primeras líneas del cuento. Y la primera cortina de humo apareció.

Una primera imagen del escritor fue formándose en mi imaginación. Incluso alcancé a visualizarlo sentado frente a la computadora con un cigarro entre los labios. El humo frotando entre al autor y su obra. Pero también, entre la obra y el lector. Recién había ingresado a la cortina de humo cuando La vida real, segunda narración del libro, me trajo la imagen exacta que había recreado mi mente, esta vez con el personaje de Soto, periodista que desea dar a conocer a los lectores del periódico en el que trabaja la historia de dos mendigos que, enmedio de la basura y decadencia que los envuelve, comparten una historia de amor real. La descripción que Parra hace del personaje coincidió en todo con la que, en mi mente, se había formado ya.

Por alguna razón, comencé a sentirme como visitante de Comala, que iba a buscar a un tal Eduardo Antonio Parra.


La obra de este escritor, si bien es cierto que parte de una evidente asimilación y apropiación de la tradición cuentistica mexicana (basta mencionar los nombres de Juan Rulfo, o José Revueltas, con quienes ha sido emparentado en más de una ocasión, sobre todo respecto al espacio narrativo de sus historias) Desde una muy particular apreciación, le encuentro una línea de parentesco con el constructo narrativo del trabajo literario de James Joyce, es decir, la modernidad. Otra característica que comparte con el escritor Irlandes es el magnifico uso del dialogo interno. Tal apreciación se me presenta al comparar Dublineses con los dos primeros libros “Tierra de nadie” y “Los limites de la noche” que bien podrían ser englobados bajo el titulo “Norteñeses” Pues la cohesión que demuestran a lo largo de las historias que los integran, representan, de una manera fidedigna y emblemática, muchas de las principales características de los pobladores de esta región, entre los cuales destacan: La venganza como resarcimiento del honor quebrantado por la traición. La esperanza de una mejor calidad de vida al otro lado del río Bravo. La marginalidad de una gran parte de la población, producto de un pasado y presente, a consecuencia de la ambición desmedida de unos y de un profundo desinterés de otros.

En consecuencia, la marginalidad, en lo que respecta a la obra de este autor, ya no se limita a poner de manifiesto la decadencia evidente, tal si se tratara de otro tipo de entretenimiento más, sino como un claro ejemplo de denuncia, evadiendo con gran fortuna el peligro de caer en la simpleza y exhibicionismo al que, ese mismo sentido de denuncia, ha sido conducido por los medios del entretenimiento de masas. He ahí el verdadero mérito literario del narrador, quien rescata lo evidente ya no simplemente para comercializar con la desgracia ajena, sino para desmitificar la imagen de progreso y bienestar social que los mismo medios de comunicación, en complicidad con líderes y gobernantes, pretenden mostrar como la verdadera realidad.

No es un secreto que gran parte de la literatura mexicana ha contribuido de manera consciente e inconsciente a forjar en los lectores y público en general, una imagen idílica de la realidad nacional. Evitando tocar aspectos sensibles de una manera crítica y de franca denuncia, valiéndose para este propósito del morbo y la ambigüedad.

Por otra parte, esa denuncia tan visible en los cuentos, tampoco puede ser considerada como el leitmotiv de su obra, sino tan sólo un aspecto de ésta que se revela por sí misma. Para ejemplificarlo, podemos decir que la denuncia es a la obra de Parra, lo mismo que la literatura lo es al quehacer humano: puramente circunstancial.

Por otra parte, la prosa detallada y contundente de este narrador, con una fuerte influencia de la narrativa cinematográfica, de manera análoga obliga al lector, como al espectador de películas, a mantenerse siempre al filo ya no de la butaca, sino de los párrafos que integran cada uno de los textos, por los que deambulan todo tipo de personajes: campesinos en busca de una esperanza, prostitutos absortos en la fantasía, esposas desilusionadas, adictos al placer, jóvenes defensores de un pedazo de tierra de nadie. Todos ellos, personajes de una historia mayor que las engloba todas: La vida real, tal como se remarca en uno de sus cuentos, así titulado.

El hiperrealismo con el que describe cada una de las tragedias de los personajes que integran sus historias es acaso el anzuelo del que, una vez enganchado, resulta imposible zafarse. Basta mencionar Al acecho uno de los cuentos que integran su tercer libro de cuentos, para distinguir la minuciosidad en los detalles, la riqueza descriptiva con que narra el dialogo interno del Bosco, mientras aguarda el arribo de Ángel, tras veinte años de espera. Luego de un evento que, como dice el texto, “detuvo la marcha de los días” para todos los personajes involucrados. Y, aunque el verdadero motivo jamás se expresa abiertamente, la causa real discurre a lo largo de toda la trama, es decir, en el dialogo interno del protagonista. En ese espacio donde el tiempo realmente se paraliza, y permite a quien en él se adentra, recorrerlo una y otra vez de manera indefinida.


A lo largo de dos décadas ha evadido las escenas de aquella noche con la ayuda de la rutina y del tabaco, mas ahora que no puede fumar le resulta imposible anteponer una cortina de humo a la memoria.”


Al arribar a esta cita, me reencuentro con la primera imagen del escritor detrás de esa misma cortina de humo, interpuesta entre él y la hoja, la cual aguarda pacientemente, al acecho, del mismo modo que Bosco, recordando los acontecimientos por tanto tiempo encarcelados en la lúgubre prisión del olvido. También es cierto que, una vez narrados, ya no serán los mismos. Más adelante, en El Laberinto, la narración comienza, así:


La sordera le impidió darse cuenta de cuándo habían comenzado a seguirlo. Pudo ser (...) al desatarse la ventisca que alzó hasta la mitad del cielo esa nube de polvo...


Resulta interesante cómo en los momentos cruciales de las narraciones, este elemento (la cortina de humo) se hace presente, es el elemento que subraya y realza, un momento cumbre de la historia. A diferencia del uso con el que comúnmente se le relaciona: el de elemento de distracción.

Más adelante podemos leer:


Una nube roja cubrió su campo de visión por unos instantes”


Justo cuando la traición de la mujer de Adrián Cano y su anteriormente mejor amigo Ociel, es expuesta en la cantina a través de los comentarios sarcásticos de Urano, uno de los tantos parroquianos del lugar.

Pero, incluso en los textos que se separan de su habitual uso de hiperrealismo para explorar el campo de lo indecible, como es el caso del cuento titulado Los últimos, es posible leer entre las primeras líneas de la narración, lo siguiente:


(...) Se quitó el sombrero para mirar el horizonte donde el cielo se teñía de un gris apenas azulado, como si a lo lejos se levantara una nube de polvo y amenazara con sepultarlos.


Desde mi interpretación, la cortina de humo dentro de la narrativa del escritor Eduardo Antonio Parra funge de manera contraria a la tradicionalmente utilizada. Es decir, mientras otros la usan como medio para distraer la atención de los lectores, Parra se vale de ella para revelar.

De forma más general, este detalle en su obra puede ser equiparable con el de desmitificar una realidad idealizada. Lo cual lo convierte en un escritor subversivo. Un narrador que hace uso de los mayores vicios y defectos de la humanidad para mostrarla tal cual es, sin maquillajes ni oropeles. Pareciera ser que una de las consignas del autor es desnudar la realidad. En este sentido, cumple a cabalidad con uno de los preceptos más reiterativos de la tradición literaria: la búsqueda de la verdad, por medio de la mentira. O, dicho a través de las palabras de Franz Kafka "La literatura es siempre una expedición a la verdad".

Para concluir señalaré que, la literatura no es asunto de convenciones, tal vez, ni siquiera de convicciones. La literatura se nutre del mundo, y éste es como la imagen del río de Heráclito, un eterno devenir que hace correr, entre sus aguas, lo mejor y peor de quién habita esta Tierra de nadie.

miércoles, 15 de junio de 2011

La ira del filósofo, de Eduardo Parra Ramírez


Hacía tiempo que, un libro, no me capturaba con tal intensidad como lo hizo La ira del filósofo, del escritor Eduardo Parra Ramírez. Desde que comencé a leer las primeras páginas me resultó imposible suspender la lectura por más de un par de horas. Una sola tarde me llevó enterarme de las vicisitudes, alegrías, gustos (conscientes e inconscientes), y confesiones del (a partir de ahora) entrañable Teo Mondragon, cuasi-licenciado en estudios universitarios de filosofía. Pero, doctorado en filosofía de la vida

Un verdadero filósofo no es aquel que acumula datos, fechas, conceptos dentro de su cabeza, ni siquiera aquel que, luego de convertirse en flamante licenciado en el ramo del pensamiento y la reflexión, ha de pasar el resto de su vida comentando las tesis de aquellos quienes le antecedieron, sino aquél que pone a prueba, día a día, las reflexiones brindadas, a través de está práctica. En pocas palabras: Ser filósofo es ser uno mismo.
En este caso, nuestro filósofo, y protagonista de la novela, resulta ser alguien cínico, desencantado, fachoso. Del mismo modo que resulta ser sensible, esperanzado, y... no, nunca distinguido. Al menos, no en el sentido popular del término, es decir, pulcro y elegantemente vestido. No, nuestro personaje no es el clásico héroe de las novelas rosas, sino un anti-héroe. Uno de esos personajes que va solo contra el mundo. Y no me refiero simplemente al mundo físico, sino también al metafísico. La batalla que tiene que librar este anti-héroe, no es solamente contra las personas, y sus actos rastreros llenos de incidía, e hipocresía. El conflicto se extiende hasta los linderos de la divinidad, los instintos; y todo aquello a lo que no tiene acceso, sino la intuición pura

En lo personal, me atrevo a considerar este libro como una de las primeras obras, de la generación de los setentas, que debiera tomarse en serio. Hasta hoy, no había encontrado a un autor que observará con tal honestidad y certeza al alma humana. Lo cual le otorga los bríos necesarios para adentrarse en temáticas que van, desde el más fino humor, hasta el más descarnado de los dramas.

Aquello que siempre está en juego en la trama de la historia es el aspecto ético y moral del personaje. Ya que como mencionaba respecto a la condición de filósofo (ser filósofo es ser uno mismo), ser uno mismo es ser siempre el mismo bajo todas las circunstancias de la vida. Lo que diferencia a este personaje del resto, es el mantenerse firme dentro de sus propios principios. Por lo menos, del modo en que se menciona en el mismo libro: se puede ser suave en la forma, e inflexible en los principios. En esa frase radica el carácter de toda la obra, es decir, el carácter de Teo Mondragon.

No es fácil mantener siempre a raya nuestras más intimas e inconfesables apetencias, y eso ya lo sabían muy bien los antiguos filósofos griegos. Pero el estudio (práctica) de la filosofía, debería conducirnos a ello. De otro modo se consideraba una actividad infructuosa. Tal como lo demuestra el gran cúmulo de ejemplos en la vida de los verdaderos filósofos.
El leitmotiv de este libro puede mostrarse en uno de los cuestionamientos que uno de sus alumnos (Mao) le echa en cara:

Prof, usted tiene dos caras bien diferentes. En clase dice que la humanidad es una mierda, que no tiene remedio, que lo mejor sería que exterminaran a todos los imbéciles, o sea, a la gran mayoría de las personas. Y ahora resulta que, porque vio un vídeo de crímenes, ya se volvió defensor de la vida, y los que no pensemos como usted somos indiferentes y ojetes. ¿Se da cuenta? Son dos ideas contradictorias. ¿Cuál de las dos es una pose?

Lo que esta obra trata de mostrarnos no es siquiera el estado putrefacto, fétido, e hipócrita del mundo, sino los conflictos incesantes que mueven al alma humana de un extremo a otro. Por lo tanto, la lectura de La ira del filósofo, no resulta apta para quienes se sienten satisfechos con la máscara que portan (según la requieran). Esa gente con seguridad se sentirá agredida, así que mejor eviten la lectura. De ser posible la lectura en el sentido más amplio de la palabra. Para el resto, queda ver quién, entre todos, acepta el reto de contemplarse a sí mismo desde una perspectiva verdaderamente honesta. ¿Quién acompañará a este anti-héroe, en ese hediondo y difícil trayecto que busca inconscientemente liberarse de La parte maldita que todos llevamos dentro?

sábado, 4 de junio de 2011

EL REFUGIO DEL HURÓN, de Juan Gerardo Aguilar


Las historias que integran el libro, El refugio del hurón, del escritor zacatecano, Juan Gerardo Aguilar, muestran distintos resguardos en los cuales la felicidad pretende buscar seguridad. Refugios que la mantengan a salvo de los sucesos inesperados. Pues, el simple desprenderse de las hojas de los árboles, bien podría ser el comienzo de una cadena de acontecimientos que darán un rumbo nuevo al destino de cualquiera. La consigna es escabullirse a tiempo del sino fatal del destino, al esperar siempre lo inesperado. De otro modo, las consecuencias suelen ser desfavorables, como bien lo dice el protagonista de la narración que da título al libro: “Subestimar a un oponente es un error que se paga caro”.

Liberarse de la anodina rutina a la manera de un enfermo terminal que, cierto día se entera que aún le queda una oportunidad más de continuar su vida en otro sitio. Lejos de sus certezas, y de sus actividades repetidas durante años. Quizá toda la vida. Escapar de las propias ruinas para fundar una historia nueva. Comenzar desde cero. Reducir a cenizas las memorias del pasado. Prenderle fuego a todo para echarse a caminar hacia adelante, en una interminable búsqueda de la felicidad. Alejarse antes de que sea demasiado tarde. Antes de que arribe la tempestad.

Prisioneros del fantasma del tiempo, muchas ocasiones solemos esclavizarnos a la rutina de la otra persona que envuelve (en sí misma) la esencia de nuestra propia felicidad. El motivo suficiente para concebir todo como un plan de acción para el siguiente día. El enamoramiento como fuente de vida. Como inspiración para esforzarse un poco más. Y de pronto, la vida vuelve a tener sentido, ya que aparece en ella un nuevo deseo.

En el cuento titulado Flores en la ventana, se muestra como un elemento indispensable en la ecuación del cortejo (inicio del camino hacia la felicidad), puede ser capaz de quedar fuera de la misma fórmula: Las flores:

“Por la apacible sensación que insuflan, porque hacen buena compañía, y viven solo lo necesario; a las flores no se les llora cuando mueren, es la ventaja que tienen sobre otros seres vivos, incluso sobre los humanos.”

La historia que, a causa de un descuido en los detalles, habrá de permanecer inconclusa para siempre, porque la vida es un concierto de instantes (o “fotografías ordenadas cronológicamente”), y perder uno solo, es igual que no haber escuchado nunca la sinfonía de la historia personal en cada uno de sus notas. Historia inconclusa.

En este caso, la nota del enamoramiento y sus consecuencias inevitables. Pues es evidente que todo tiene consecuencias. Cada decisión tomada, tarde o temprano vendrá a cobrar la factura. Ante tal evidencia, otro de los personajes manifiesta que: “Lo difícil no es aceptar que las cosas sucedan, sino aceptar que te sucedan precisamente a ti”. A ti que acostumbras ir por la vida intentando esquivar las trastadas de la vida; así sea evitando la vida misma. Entonces es cuando se vuelven necesarios los placebos para la felicidad. Ya sea a través del sopor televisivo; el cuerpo de una mujer; imaginarse vivir una existencia distinta a la propia; o a través del arte, aunque cueste la vida.

Seres cautivos dentro de sus propias cárceles. Prisiones materiales o intangibles. Unas reteniendo cuerpos entre sus muros. Las otras, almas.

“Cada uno habita un microcosmos distinto”, asegura el narrador de una de las historias. Eternos moradores de sus infinitas prisiones. El cuerpo de un hombre aprisionado dentro de un hospital: Su mente en su cuerpo: Su alma en su mente: Un pez en su pecera.

Por otra parte, la prisión de los celos suele ser una historia en donde nadie es inocente, excepto el único señalado siempre como el culpable. Los celos son otra de las tantas trampas de la mente, y una de las más poderosas prisiones que no cualquiera puede evadir con suficiente fortuna. Muchas veces, la única manera de evadir una de las tantas prisiones es, a costa de la vida.

Las fronteras son otra representación de la prisión (“este universo paralelo dividido por un rio”). Y un posterior descubrimiento de la realidad, al darse cuenta de lo que las cosas en verdad son: “líneas imaginarias creadas para prohibir las idas y venidas de la gente”. Prisiones y fronteras, sinónimos de un mismo hecho: “mantener a las personas dentro de ciertos parámetros que permiten un control de la vida en común”.

En síntesis, estos refugios que creen encontrar los personajes que pueblan las narraciones, terminan por transformarse en autenticas prisiones. Lo que, al menos a mí, me lleva a pensar en la felicidad como en un continuo acto de escapismo. Y en consecuencia, dejar atrás, lo más pronto posible, esos refugios de la felicidad. Antes que alguno de ellos se transforme en la última de nuestras prisiones.